Maria Teresa Llobet

Artículo Revista de Terapia Gestalt

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Awareness a Través del Movimiento
Maria Teresa Llobet

El método Feldenkrais es un proceso de aprendizaje somático que permite investigar, a través del movimiento, caminos olvidados de la percepción, del pensamiento y de las emociones para lograr un mayor bienestar del cuerpo y la mente. Comparte, con la terapia Gestalt, tres pilares fundamentales: el aquí y el ahora, lo obvio y la toma de conciencia.

Ana vino a mi consulta porqué sufría ansiedad y necesitaba, me dijo, tener confianza en ella misma. Me contó que le costaba mucho tomar decisiones porqué tenía mucho miedo a equivocarse y también que las relaciones con los demás le resultaban difíciles debido a que tenía un sentimiento de inferioridad. Cuando entró en la sala observé que a los 40 y pocos años en su espalda sobresalía ya una tímida joroba. Su pecho estaba más bien hundido y sus hombros bastante levantados. Me di cuenta también que caminaba mirando al suelo.

Moshe Feldenkrais, doctor en Físicas y creador del método que lleva su nombre, en su libro La dificultad de ver lo obvio nos habla del patrón de la ansiedad. Este patrón, explica, se forja por experiencias infantiles creadas a partir de la necesidad de protegerse. Frente a una situación de riesgo a la caída o frente a estímulos ruidosos, el niño activa una serie de respuestas neuromotoras reflejas para asegurar la supervivencia. Nuestros ancestros vivían en el bosque y para huir de las fieras trepaban a las copas de los árboles. Entonces, el riesgo a la caída era una posibilidad muy real y, para poder sobrevivir, nuestro sistema nervioso creó un mecanismo de protección. Así, al caer arqueamos la espalda y de esta manera evitamos que la cabeza reciba el primer golpe y al mismo tiempo contraemos la musculatura del abdomen con lo que las partes más vulnerables de nuestro cuerpo quedan salvaguardadas. Cuando una persona crece en un ambiente hostil tiene que protegerse de manera continuada y con el tiempo esta configuración (espalda arqueada, abdomen contraído) se va instaurando y llega a convertirse en el patrón habitual hasta el punto que el sistema "olvida" que hay otra configuración posible.

En la primera sesión Ana me puso en antecedentes de como era su vida en ese momento. Tenía 42 años vivía sola no tenía pareja y trabajaba desde hacía tiempo en una oficina con tres personas a su cargo. De estas tres personas había dos que percibían mejor sueldo que ella. Me manifestó que no sabía cómo hacer para reclamar que le aumentaran el salario de manera que estuviera en correspondencia a su cargo. Tal como le ocurría a menudo en otras situaciones se sentía tan insegura que no creía que resultara convincente en el momento de plantearlo. En esa primera sesión también me habló de su infancia: hija única, padre exigente, educación basada en recompensa/castigo, alguna vez físico, mayormente con amenazas de lo que podía llegar a ocurrir si no hacía o decía tal o cual cosa. Ana había aprendido que lo mejor para su supervivencia era obedecer.

Teniendo en cuenta la configuración corporal de la cliente y que, además, tal como me explico ella, daba muchas vueltas a todo en vez de pasar a la acción, en la sesión siguiente opté por comenzar a trabajar desde el cuerpo. Feldenkrais tiene dos modalidades de trabajo, una en que el profesor guía los movimientos del alumno/a con sus manos y otra que los guía a través de la voz. Con Ana quise empezar con esta última modalidad porque implica más participación. Le pedí que se pusiera boca arriba en el suelo y llevara la atención al contacto de su cuerpo con la superficie del parquet de la sala, ¿Cómo percibes el suelo? le pregunté, ¿Cuan duro o cuan agradable lo sientes? ¿Cuál es la disponibilidad de tu cuerpo de entregar su peso al suelo? ¿Cuán agradable o desagradable es sentirte en contacto con él? ¿Sientes que a pesar de estar en el suelo te estas sosteniendo tu o sientes que estás dejando que el suelo te sostenga? ¿Te es fácil, o difícil, dejar que esto último ocurra? Le explique a Ana que no era necesario que me respondiera las preguntas que le hacía, que estas servían para guiar su atención y facilitar la toma de conciencia.

Cuando el cuerpo está tumbado en el suelo ocurren tres cosas: 1) La mayor parte de la masa corporal de la persona está apoyada y esto proporciona al sistema nervioso un alto rango de seguridad 2) El sistema nervioso no tiene que lidiar con la fuerza de la gravedad y la atención está más disponible 3) La mente está más en calma.

Aunque la atención se puede dejar viajar libremente, en este caso, debido a la falta de práctica de Ana la guié de una manera ordenada para que le fuera más fácil averiguar qué zonas de su cuerpo se apoyaban en el suelo: talones, pantorrillas, muslos, pelvis, omoplatos, hasta llegar al punto de apoyo de la cabeza. Le solicité que se fijara cual era el punto dónde la cabeza contactaba con el suelo y que desde ese lugar de forma muy lenta y suave la desplazara un poquito hacia un lado y un poquito hacia el otro. No se trata de hacer un recorrido grande, le comenté, si no de sentir la fina línea a derecha y a izquierda que la cabeza trazaría si fuera un pincel.

Si nos dieran lápiz y papel y nos pidieran dibujarnos según la percepción que de nosotros mismos tenemos, seguramente faltarían partes nuestras en ese dibujo. A menudo la autoimagen que tenemos de nosotros no se corresponde con la realidad y no hablo solo de la percepción que tengo de mi belleza, o de mi inteligencia, o de mi importancia con relación a los demás, me refiero a las partes de nuestro cuerpo de las que no tenemos percepción. Lo que tenemos es una idea de nosotros y no tanto una realidad, con lo cual estamos viviendo en una fantasía constante. La fantasía de uno mismo.

Un bebé no puede voltear de boca arriba a boca abajo hasta más o menos los 4-5 meses. Durante este tiempo establece un diálogo con el suelo que le permite descubrir qué movimiento le es más eficiente para darse la vuelta. Moshe Feldenkrais diseñó unas secuencias de movimiento basadas en la forma de moverse del bebe que hacen posible el aumento de la conciencia que la persona tiene de su cuerpo y de esta manera adquirir una autoimagen más real de ella. Estas secuencias se llaman ATMs (Awareness Through Movement). Moshe Feldenkrais diseño más de mil ATM, algunas se desarrollan sentado, otras de pie, pero la gran mayoría se realizan tumbados en el suelo. Esto es debido a que, como he comentado antes, al estar tumbado el sistema nervioso no tiene que compensar la fuerza de la gravedad y la atención está más disponible.

En una ATM lo que es importante no es la cantidad de movimiento que se realiza si no la calidad. Un movimiento es de calidad cuando se ejecuta con atención y mínimo esfuerzo. La atención con que se hace el movimiento es la que facilita que entre una nueva información en el sistema nervioso y se produzca el awareness. El mínimo esfuerzo en la acción ahorra recursos y permite tener más percepción de lo que está ocurriendo en el proceso del movimiento. Durante y después de haber hecho una ATM pueden ocurrir diversos Awareness desde, por ejemplo, contactar con las costillas y tomar conciencia de que cuando las muevo tengo más espacio para respirar, hasta darme cuenta de cuáles son mis limites o descubrir movimientos parásitos y esfuerzos innecesarios.

Precisamente creo que Ana descubrió uno de estos movimientos parásitos. Para empezar a trabajar con ella elegí una secuencia que le permitía sentirse sostenida. Le pedí que continuara tumbada boca arriba pero que en vez de tener las piernas estiradas que las doblara y que pusiera las plantas de los pies en el suelo. En esta configuración la pelvis de Ana y sus lumbares descansaban. Sugerí que suave y lentamente desplazara varias veces la pelvis hacia la derecha y a continuación la devolviera al centro. Cada vez que Ana rodaba su pelvis, su mano izquierda empujaba un poco el piso. Como consecuencia, su hombro izquierdo se levantaba y su tórax se bloqueaba. Empujar con la mano es un esfuerzo innecesario para llevar la pelvis a la derecha. Ana se debió dar cuenta porqué después de unas cuantas veces de hacer el movimiento dejo de empujar, el hombro ya no se levantó del suelo y la caja torácica se movió con más fluidez. Movimiento y vida son indisolubles. Es imposible que una persona actúe en la vida sin esfuerzo y se mueva con esfuerzo y viceversa. De manera que cuando el sistema nervioso aprende que puede moverse sin esfuerzos innecesarios esto se traduce también en la manera de vivir de la persona.

Durante una ATM no se trata de poner la atención en el objetivo si no en el proceso. Le expliqué a Ana que lo importante no era cuán lejos podía llevar la pelvis, si no poner atención para ver que ocurría en los apoyos de la espalda mientras la hacía rodar. También le pregunté que sentía que hacían sus costillas, cuales se acercaban al suelo y cuales se alejaban y qué intención tenía su cabeza, ¿se quedaba quieta o giraba? y si giraba, ¿hacia qué lado? Tal como he explicado anteriormente, en una ATM se plantean preguntas para que la persona pueda darse cuenta de lo que está haciendo y de cómo lo está haciendo y también, que pueda descubrir otras maneras de hacerlo. Moshe Feldenkrais decía que el hombre es un ser creativo que no está hecho para repeticiones. Cuando una persona se da cuenta por ejemplo de cómo mueve un brazo puede decidir si continua haciéndolo igual o puede elegir hacerlo de otra manera. No me refiero que lo haga a conscientemente, estoy hablando de integración. Para poder hacer esta elección tenemos que salir del movimiento automático y tomar conciencia del hábito. Si no hay conciencia del patrón ya no buscamos otras posibilidades y entonces olvidamos nuestra creatividad. A mi modo de ver, tener una mayor autoconciencia sirve para ampliar las posibilidades que tenemos de actuar en la vida. Vivimos como nos movemos y nos movemos como vivimos, así si alguien se mueve con libertad es prácticamente imposible que viva de una forma rígida.

Le dije a Ana que hiciera una pausa, que estirara otra vez sus piernas y que observara cuales eran ahora sus contactos con el suelo. ¿Son los mismos? ¿Han cambiado? ¿Dónde sientes que hay algo distinto? El suelo es un fiel amigo, se mantiene siempre invariable mostrándonos cualquier diferencia que ocurre en nuestro cuerpo. En una ATM las pausas, no son solo para descansar porqué, exceptuando los esfuerzos innecesarios, como el movimiento es tan suave, lento y sin esfuerzo, no hay cansancio físico. Ahora bien, lo que sí cansa es la falta de práctica en focalizar la atención. En realidad, en las pausas el sistema nervioso no descansa porqué es en ellas cuando integra lo aprendido.

La pelvis es como un cuenco desde donde asciende la columna y en el otro extremo de ésta se encuentra la cabeza. En la pelvis reside también nuestro centro de gravedad. Así, si la pelvis está fuera del centro (adelantada o retrasada con respecto al eje) esto repercute en toda la columna incluyendo la cabeza y en consecuencia también en los omoplatos que cuelgan de la columna. Todas las vísceras y los órganos tienen que recolocarse de una manera digamos "no natural o forzada". Cuando la pelvis, la columna y la cabeza no están alineadas, hay una desorganización esqueletal y entonces hay grupos de músculos que deben contraerse permanentemente para mantener el equilibrio.

Si la persona siente miedo, la musculatura del abdomen se contrae. Entonces, para que la persona pueda mantenerse erguida, los músculos tiran constantemente de la columna y de la pelvis. Si no se tiene conciencia de esta contracción y no se le muestran otras posibles alternativas al sistema nervioso esto será siempre así. Con los músculos del abdomen contraídos no es posible que se pueda dejar de experimentar la emoción del miedo ya que la configuración corporal es la del miedo y desde el miedo corporal no se puede viajar a otro espacio emocional. Quizás se consiga temporalmente pero no de una manera duradera. En realidad Feldenkrais es una puerta al sistema nervioso. Se accede a él a través del movimiento corporal y a medida que el sistema va descubriendo qué es lo que hace, como lo hace y tiene acceso a nuevas informaciones entonces descubre también nuevas posibilidades y se autorregula.

El próximo movimiento que propuse a Ana fue que se acostara sobre el lado derecho y para que ni su hombro ni su cuello sufrieran le puse unos apoyos debajo de la cabeza. A continuación, le indique que colocara sus brazos estirados delante suyo más o menos a la altura del pecho, con las palmas de las manos una encima de la otra, las piernas plegadas en un ángulo aproximado de 90º respecto al cuerpo y las rodillas descansando también una encima de la otra. En esta configuración le pedí que llevara su brazo izquierdo hacia el techo y que mientras subía el brazo y lo volvía a bajar con lentitud pusiera su atención a qué ocurría en el codo y en cómo cambiaban los apoyos del cuerpo en relación con el suelo. Después de tres o cuatro movimientos le sugerí que hiciera una pausa. Al poco tiempo le dije que repitiera el mismo movimiento pero esta vez dejando que sus ojos siguieran a su mano. ¿Qué hace ahora tu cabeza? Que es lo ocurre en tu omoplato? ¿Cómo participan tus costillas? Nuevamente le pedí que hiciera un descanso. Como siempre la insté a que escaneara las posibles diferencias que podía percibir en su cuerpo. A continuación, en el próximo movimiento, añadí la consigna de que cuando subiera el brazo hacia el techo lo llevara un poquito más hacia atrás. Sólo hasta donde sintiera que era fácil y un momento antes de que tuviera que hacer ningún esfuerzo lo devolviera encima de su otra mano. La invité a explorar su límite sin sobrepasarlo. Cuando uno respeta su límite se respeta a sí mismo.

Cuando la persona contacta con sus límites sintiéndolos en su cuerpo, el límite se hace obvio, deja de ser solo una palabra, un concepto abstracto para pasar a ser una realidad sentida que permite que la persona 1) tome conciencia de sus límites y se dé cuenta de cuales son 2) tenga la oportunidad de integrar el aprendizaje en su día a día.

Durante ese proceso (ese ir y venir del brazo y la mano desde el suelo al techo y hacia atrás con los ojos y la cabeza siguiendo a la mano, siempre con atención y sin esfuerzo) le dije a Ana que continuara explorando el movimiento con curiosidad. Después de hacer tres o cuatro vaivenes le pedí que la próxima vez que tuviera la mano hacia atrás se parara un momento ahí. Que observara la apertura de su pecho, su respiración y como se sentía. Finalizó deshaciendo el movimiento, devolviendo la mano sobre la otra y de nuevo hizo un descanso boca arriba.

En esta pausa le pedí a Ana que escaneara de nuevo sus contactos con el suelo. Que observara si había diferencias en los apoyos de un lado y del otro. Tomar conciencia de las diferencias ayuda a que el sistema nervioso integre con más facilidad lo aprendido. A continuación, le propuse investigar el otro lado. Para ello, se colocó en la misma configuración anterior. Esta vez llevo su brazo izquierdo hacia el techo. Aunque el movimiento era ya conocido le sugerí que lo hiciera con la misma curiosidad y atención que la primera vez. Las percepciones que se han experimentado en un lado del cuerpo pueden ser completamente diferentes a las del otro lado. Invité a Ana a que explorara su movimiento como si fuera un mundo nuevo. Por otra parte, una misma ATM se puede repetir tantas veces como uno/a quiera y, a cada vez, siempre que se haga curioso/a y atento/a, pueden darse percepciones diferentes, o más finas. Es decir, la autoimagen sea hace más y más real.

Después de investigar el lado derecho, Ana descansó boca arriba. Una vez más le indique que observara sus contactos con el suelo. ¿Han cambiado tus apoyos? ¿Tu pelvis descansa en el mismo punto? ¿La zona de tus omoplatos está quizás más presente? ¿El punto de descanso de tu cabeza es el mismo? ¿Es más fácil dejarte sostener?

Finalmente, indiqué a Ana que se girara sobre un lado, se sentara y que lentamente se pusiera de pie. Una vez en la vertical y tal como yo le dije observó cómo se apoyaban sus pies en el suelo. Con más peso, comentó, con toda la planta del pie más en contacto. Visualmente Ana estaba más alta, su pecho más amplio y consecuentemente su espalda mucho menos curvada. Le dije que abriera los ojos y contactara de nuevo con el mundo, que observara como lo percibía. Después la invité a que anduviera un poco por la sala y para facilitar su toma de conciencia le señalé que fuera observando como sentía su caminar, cómo se movía ahora la pelvis, las costillas, hacia donde dirigía los ojos. Se sorprendió a sí misma, al darse cuenta que miraba a lo lejos, como si mirara hacia el horizonte. Bromeó, que a partir de ahora, en vez de ver los pies de la gente vería las caras y me dijo: Me siento más segura.

La seguridad no es sólo un concepto. La seguridad es la experiencia somática de sentirse sostenido, pero no de una forma rígida, sino disponible para la acción. La seguridad, pues, reside en nuestro esqueleto que es nuestro sostén. Si tenemos conciencia de nuestro esqueleto podemos lograr que esté mejor organizado. Cuando el esqueleto está bien organizado, el movimiento es armónico, fluido, fácil y elegante como la música que tocaría una orquesta. Si el esqueleto está desorganizado, es como esa misma orquesta pero sin dirección. Un caos. Así, nuestra manera de vivir también es más fácil y fluida si nuestro movimiento es fácil y fluido.

De la misma manera que, como ya he mencionado en dos ocasiones, vida y movimiento son indisolubles, para mi, tanto en mi forma de vivir como en la manera de trabajar, Gestalt y Feldenkrais también lo son. Incorporar el Método Feldenkrais dentro de la terapia gestáltica me permite trabajar con la persona a un nivel muy profundo, sin filtros mentales, facilitando el awareness y la autorregulación organísmica a través del movimiento sin esfuerzo.